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Madrid, Estado español :: 26/01/2026

Superchería ultra

Noelia Adánez
El pasado sábado 17 el Palacio de Vistalegre de Madrid se llenó de jóvenes para escuchar discursos sobre el pasado, la libertad individual, la fe en Cristo, en la patria y en el mercado

Este batiburrillo de ideas a cargo de polemistas e influencers se dirigía, como viene siendo habitual, contra lo que sus detractores denominan “consenso progre”, cuyos valores (desde la justicia social a la democracia, pasando por la autoridad del conocimiento científico o la igualdad de género) vienen siendo cuestionados a través de las guerras culturales impulsadas por las derechas con especial intensidad desde hace al menos dos décadas.

Los discursos que albergó el evento auspiciado por una organización denominada 'It’s Time to Think' (es tiempo de pensar), se publicitaron como contraculturales. Patrocinaron este evento La Caixa, Infojobs y la cervecera Mahou, entre otros, y encabezaron el cartel columnistas de dos de los periódicos más importantes del Estado, el "progresista" El País y y el de derecha de toda la vida ABC. Contracultura a un precio caro, pues la entrada costó treinta euros, a los que hay que sumar lo que cada quien decidiera invertir en beber durante las más de cinco horas que duró el evento. Algunos lo hicieron bastante, a juzgar por los varios desalojos de sujetos en un estado de intoxicación incompatible con la escucha atenta y la invitación del primer ponente, el cura francés Matthieu Jasseron, a “prestar atención al silencio”.

La existencia de movimientos como el que puede haber detrás de 'It’s Time to Think' desvela la concurrencia de intereses y discursos con procedencias muy distintas y capacidad para movilizar la opinión de ciertos sectores de la sociedad contra la hegemonía “progre”. Se invita a participar de este “movimiento de ideas” a “jóvenes profesionales” partiendo de un principio clásico en el pensamiento conservador: la sociedad no es una condición indispensable para el desarrollo de la vida humana, sino una desagradable casualidad con consecuencias muy negativas en forma de límites a la libertad personal.

La receta que todos estos movimientos neoconservadores y ultras ofrecen para sobrellevar los estragos causados por un modelo de crecimiento que genera expolio y desigualdades y para superar las carencias de las democracias liberales, no es nueva. Ante los problemas del mundo y la desorientación creciente, proponen volver al individuo para encontrar en él la respuesta y la medida de todas las cosas. Incluso la sobrevenida fe en Dios se expresa con indisimulado narcisismo (“Él me ha elegido”; “Cristo me busca”), conectando con un neoespiritualismo del que sacan partido corrientes evangélicas.

Este neoespiritualismo cobija invocaciones simultáneas a Dios y la ciencia sin que esto genere mayor problema, como tampoco lo hace calificar de contracultural un evento masivo destinado a una juventud de rentas medias y altas en el que influencers y polemistas del ecosistema ultra reproducen lugares comunes en defensa del mercado y la libertad.

Entender cómo puede maridar la fe con la ciencia, Silicon Valley con Hazte Oír, pasa por comprender que todos estos discursos pretendidamente anti hegemónicos, se difunden con el apoyo y la financiación de actores y sectores adinerados del mismo establishment al que dicen cuestionar. Que columnistas de ABC y El País o influencers con legiones de seguidores reivindiquen que sus discursos son contraculturales no es solo una broma de mal gusto, sino parte de una operación en cuya puesta en marcha concurren actores interesados en el mantenimiento del statu quo renovando los consensos sobre los que se sostiene.


Evento "El Despertar" en el Palacio de Vistalegre

Por eso mismo, el ecosistema ultra no culpa al neoliberalismo de haber propiciado un modelo insostenible de crecimiento que ha generado tremendas desigualdades y una pérdida abrumadora de sentido. Antes al contrario, responsabiliza a la “moral de izquierdas” de la falta de oportunidades (cuando se dirige a las clases populares y subalternas) y de vínculos (cuando interpela a las rentas altas) atribuyéndole a la hegemonía cultural de los progres o del wokismo todos los males del mundo.

Las posibles contradicciones con las que este vuelo mental tropieza se resuelven a través de la ritualización de sus inconsistencias. La realidad se deshace en la magia del evento. Lo imaginario adquiere carta de naturaleza mediante una puesta en escena teatral (cánticos, pelotas voladoras, salvas a Jesús, alcohol …) que pide a los asistentes dejarse llevar. Es llamativo que una organización llamada It's Time to Think promueva un evento que califica de "despertar", pues no hay acción que requiera justamente mayor suspensión del pensamiento que ese despertar evangélico. Se despierta a una fe, a un sistema de creencias, no se despierta a la realidad ni al conocimiento.

Desaparecidas todas las mediaciones por el descrédito cada vez mayor de la prensa y la deslegitimación de la ciencia y el conocimiento académico, todos estos discursos, aparentemente contradictorios y excéntricos, coinciden en auto reivindicarse como verdaderos al margen completamente de la realidad. Es decir, a falta de criterios externos de autoridad reclaman un estatus de verdad sin mediaciones. No es casual que Trump llame a su red social “truth”, sin más.

En la mente de los seguidores de la superchería ultra, la confianza no es transaccional como lo es en la política convencional, es decir, no se deposita en quien a cambio nos pide que nos co-responsabilicemos ejerciendo sobre sus acciones y declaraciones alguna clase de control, sino en quien nos dice que confiemos en él o ella porque nos ayudará a “despertar”. Quien despierta, abraza la nebulosa ultra, se introduce en su universo de certezas teledirigidas y al menos por un tiempo se queda a celebrar, diliyendo su angustia en una ficción despreocupada y embriagadora que le exime de responsabilidades y le invita a dejar de pensar.

La realidad ya no importa en un mundo de política ficción narcotizante, no es necesaria para determinar lo que es verdad. El fin de la razón crítica da paso a la superstición, el negacionismo, la anticiencia y la reacción. Desde el universo ultra la propuesta está muy clara: no es tiempo de pensar, sino de dejar de hacerlo y despertar.

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